Por: Angélica María Pardo López

Recientemente, científicos de todo el mundo han llegado al consenso de que vivimos el comienzo de una nueva era geológica llamada Antropoceno. El Antropoceno es una época en la cual es claro el imperio de una de las especies que habita el planeta: el ser humano (en griego: άνθρωπος–anthropos-). Lo que determina el ingreso a esta nueva era geológica son los masivos cambios que en el clima y el medio ambiente han causado la población y las actividades humanas, especialmente después de la primera revolución industrial. Nοpodemos decir que el planeta que habitamos tiene las mismas características que tenía hace algunos siglos; por el contrario, son tan grandes los cambios que desde entonces se han surtido, que nos vemos en la necesidad de llamar esta época de una forma que haga directa alusión al papel del ser humano en ello.

Uno de los elementos que caracterizan al Antropoceno es la pérdida de especies. Cientos de especies se extinguen cada día. Además de que están amenazadas por las actividades humanas, les es imposible adaptarse al acelerado cambio climático. Es cuestión de tiempo que los más imponentes animales de planeta (leones, elefantes, etc.) desaparezcan por completo, pero es alarmante, así mismo, que estén iniciando su curso hacia la extinción especies de animales pequeños (como ciertos insectos) y plantas. Otra característica del Antropoceno es el aumento de la temperatura global. El funcionamiento de la economía humana a partir de la quema de combustibles fósiles tiene, entre muchos otros, el perverso efecto colateral de calentar el planeta. Dentro de 80 años la Tierra habrá aumentado su temperatura media en tres grados centígrados con respecto a tiempos preindustriales (un grado más allá del objetivo que se fijaron las naciones del mundo en el Acuerdo de París de 2015; algo que ya es imposible alcanzar). Este aumento implica importantes aumentos del nivel del mar y mayor frecuencia e intensidad de fenómenos naturales como tornados, sequías e inundaciones. Una última característica del Antropoceno que no podríamos dejar de mencionar es la suciedad. No solo la atmósfera está contaminada con gases de efecto invernadero; también los océanos están llenos de plástico y muchos de los ríos no son más que cloacas envenenadas que no pueden alojar ningún tipo de vida. Como podemos ver, el nombre de la nueva era geológica no es nada halagador para nuestra especie.

La forma en que vivimos debe cambiar radicalmente, pues de otro modo no solo acabaremos con las demás especies, sino que además llevaremos nuestra propia civilización al colapso. Deben cambiar las fuentes de energía de las que nos servimos para el transporte, la industria y las comodidades de la vida diaria; deben cambiar los patrones irracionales e inequitativos de consumo que tenemos; debe cambiar nuestro modo de generar y disponer residuos; y, por último, debe cambiar la forma en que nos relacionamos con los demás seres que habitan el planeta. Sin todo lo anterior (y quizá mucho más) no lograremos desviarnos del terrible camino que hemos emprendido.

Ahondemos pues en esta última exigencia, la de cambiar la forma en que nos relacionamos con la naturaleza. Algo que a este respecto es importante considerar es que nuestra relación con ella tiene un carácter antropocéntrico. Esta perspectiva implica que los demás seres tienen importancia y valor en cuanto afectan al ser humano, pero no por sí mismos. Implica también que todos los demás seres y entidades vivas (por ejemplo, ríos y montañas) representan para nosotros objetos, y como objetos, podemos apropiárnoslos, usarlos y explotarlos. De hecho, la protección de la naturaleza es para nuestro sistema jurídico una medida puramente instrumental:  la mayoría de las constituciones del mundo, cuando hablan de protección del medio ambiente, se refieren al derecho que tienen los seres humanos a gozar de un medio ambiente sano.

Una nueva corriente jurídica que gradualmente empieza a destacarse propone cambiar esta perspectiva de una forma radical. La propuesta consiste en dotar de personalidad jurídica a los diferentes seres y entidades vivas de la naturaleza. Esta idea no parece tan descabellada si tenemos en cuenta que desde hace muchas décadas se les ha otorgado personalidad jurídica a entidades que no son precisamente humanas: sociedades, fundaciones, etc.

Con la atribución de personalidad jurídica a la naturaleza, tendríamos que abandonar la concepción de que ella es un objeto, pues justamente le estaríamos atribuyendo la calidad de sujeto y con esto, pasaría a tener derechos. Así es que si, por ejemplo, un bosque deja de ser considerado objeto y empieza a ser considerado sujeto, su protección se impondría no por el eventual desmedro a los intereses humanos que su destrucción pueda ocasionar, sino porque el bosque tendría, de acuerdo con nuestras normas, el derecho a vivir y a desarrollarse.

Algunas Cortes han adoptado inequívocamente esta posición, aunque no de manera generalizada frente a todos los seres y entidades vivas de la naturaleza sino respecto a algunos de ellos. Uno de los casos que podemos destacar sucedió acá, en Colombia. La Corte Constitucional declaró en un pronunciamiento de abril de este año que la Amazonía es un sujeto de derechos y ordenó a diferentes autoridades del Estado que tomaran medidas para evitar su deforestación. Hay varias decisiones notables en este sentido, una es también de la Corte Constitucional colombiana, en la cual se resolvió declarar al río Atrato sujeto de derechos; otra tuvo lugar en Nueva Zelanda, donde se atribuyó la misma calidad al río Whanganui.  Ecuador y Bolivia han ido un paso más allá, pues han dejado plasmado en sus constituciones que la naturaleza, como un todo, tiene derecho a que se respete su existencia, ciclos vitales, estructura y funcionamiento. Además, empoderan a los ciudadanos y colectivos para que exijan el cumplimiento de los derechos de la naturaleza ante las autoridades públicas. Todas las anteriores medidas constituyen, enhorabuena, una importante herramienta para obstaculizar proyectos mineros y toda clase de actividades insostenibles e irresponsables que amenacen a estos nuevos sujetos.

Aunque esta propuesta genera muchas inquietudes de momento, es previsible que poco a poco ganará aceptación, quizá en la misma medida en que se vaya avanzando en los otros cambios que antes mencionamos. Es tan inminente y de tal magnitud el peligro que nos circunda que no tenemos tiempo ya de dudarlo; debemos empezar ya a cambiar nuestra forma de vida y nuestra forma de pensar.