Por: I.A. Camilo W. Echeverri Erk
Cali – Colombia

 

Se inicia un nuevo gobierno en Colombia y es el momento de aprovechar la inercia inicial de la que gozan los nuevos dirigentes (“escoba nueva barre bien”) para que se implementen algunas de las buenas propuestas de campaña. Es claro que en el país persisten condiciones que hacen que exista aun una gran brecha de inequidad e injusticia social. Para pasar de una trajinada y demagógica frase de cajón a los hechos, cito algunas de las cifras que reflejan todo el camino que tenemos aún por recorrer para llegar a ser una sociedad más justa e incluyente:

1.    Educación:

–      Casi 6 % de analfabetismo.
–      Sólo el 55 % de la población alcanza la secundaria.
–      Sólo el 32 % tiene acceso a la universidad.
–      La inversión total no alcanza el 4 % del PIB.

2.    Salud:

–      11,4 % de desnutrición infantil.
–      17,5 x mil de mortalidad infantil.
–      Sólo el 72 % de la población tiene acceso al agua potable.
–      Un médico por cada 846 habitantes.
–      48,1 % de cobertura del régimen subsidiado.

3.    Otros indicadores sociales:

–      La mayoría de los recursos concentrados en el 1 % de la población.
–      10,4 % de indigencia.
–      32,9 % de pobreza.
–      Cerca del 10 % de desempleo.
–      Abandono de los pequeños y medianos productores agropecuarios.

Estas cifras son controvertibles, dependiendo de las fuentes y los intereses de quien las presente, pero ese no es el punto. Lo que no podemos ocultar es que Colombia no es un paraíso, habitado, según dicen, por las personas más felices del mundo. Los indicadores de educación reflejan preocupantes falencias que conllevan a que seamos un país con ignorancia académica, la cual no hace posible que tengamos justicia social. Sin embargo, no se pueden desconocer los avances en muchos frentes, logrados por los gobiernos anteriores. Las personas tienen la tendencia, según su inclinación política, a no reconocer ninguno de los logros de los gobernantes que no están en la misma orilla.

Los resultados de nuestro reciente ejercicio democrático, totalmente legítimo, dieron como resultado la elección del candidato Iván Duque. Sin embargo, no hay que desconocer que ocho millones de votantes apoyaron a Gustavo Petro, candidato de centro-izquierda, haciendo evidente así el deseo de cambios de un gran número de colombianos.  Ya no hay lugar a pensar en lo que pasaría si tuviéramos otro presidente. Tenemos el gobernante que eligieron las mayorías y nuestro deber como ciudadanos de un país democrático es respetar esa voluntad y apoyar al nuevo presidente en las iniciativas que consideremos que nos acercarán al ideal de país que nos imaginamos. Por esta razón, debemos estar muy atentos a las decisiones que se tomen de aquí en adelante por el nuevo gobierno.

El tema del respeto al acuerdo de paz logrado con la guerrilla de las otrora FARC es uno de los más críticos, ya que de su implementación depende que demos un gran salto hacia adelante en el camino de la justicia social que anhelamos. Hay que aceptar que los logros futuros que se alcancen en este frente se deberán en gran medida a las negociaciones y a lo acordado en la Habana, ya que el acuerdo contempla compromisos y metas en todos los frentes que requieren atención, como política de desarrollo agrario, participación en política, drogas ilícitas, víctimas y fin del conflicto. Preocupa que el presidente, como lo manifestó desde su campaña, tenga la intención de hacerle “algunos ajustes”, los cuales implican cambios de fondo con respecto a lo que quedó plasmado en el acuerdo de paz. No creo que se pretenda “hacer trizas” el acuerdo, pero hay que tener mucho cuidado con los cambios que se quieren introducir. Cuando uno hace un pacto, producto de una negociación llevada a cabo con seriedad y compromiso por las partes, aunque no refleje todo lo que uno hubiera querido como resultado del proceso, tieneque respetarlo. Eso es lo que corresponde a las personas y los países decentes y honorables. Máxime si es un acuerdo avalado por la Corte Constitucional y otras instancias jurídicas internacionales. ¿Cómo quedaría el país ante la comunidad mundial que ve con buenos ojos los acuerdos de La Habana, en un escenario de modificación de los aspectos fundamentales de lo pactado? De darse esta situación, el resultado sería pérdida de la confianza y, sobre todo, mayor polarización interna. Tenemos que aceptar que el logro de desmovilizar a la guerrilla más antigua de América justifica con creces el sacrificio hecho a través del acuerdo de paz para lograr los beneficios del cese definitivo de una guerra de 60 años. A mi parecer, el nuevo presidente, quien pregona haber dejado de lado el orgullo partidista y el ánimo revanchista, debería tomar el acuerdo de paz como una de sus cartas de navegación para conducir al país por el camino de la reconciliación y el desarrollo de nuestra sociedad. Hay que construir sobre lo construido y no hacer tabula rasa, como ha sido siempre la usanza en Colombia. El gran reto del presidente Duque y quienes lo secundan es dar una verdadera muestra de humildad, grandeza y amor por nuestro país.