Por: Angélica María Pardo L.
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En el anterior apunte filosófico tratábamos del principio de abundancia de la naturaleza, concepto fundamental para la economía azul, cuya serie continúa con esta entrega.
Decíamos que la teoría económica clásica enseña que los recursos son escasos y que por eso el mercado se encarga de distribuirlos siguiendo las leyes de la oferta y la demanda. Frente a dicho postulado, replicábamos que los recursos de la naturaleza no son escasos sino, muy por el contrario, abundantes, generosos y suficientes para cubrir todas las necesidades de los habitantes humanos y no humanos de nuestro planeta.
Sin embargo, ocurren al menos dos cosas en relación con los recursos que nos provee la Tierra. La primera es que los desperdiciamos de las formas más insensatas – de ello se trató el apunte N. 130 -; y la segunda es que el apetito humano por adquirir dichos recursos parece no conocer límites – tema del que nos ocuparemos ahora.
Reflexionando sobre ello llegué al principio de la frugalidad romana – frugalitas -. La frugalidad en los tiempos de la República Romana y del Imperio (últimos siglos AC y primeros siglos DC) era considerada una virtud que debía ser cultivada por todas las personas independientemente de su nivel de riqueza y estatus social. Para los romanos la frugalidad no era una conducta específica y única, y ello lo demuestran las múltiples acepciones cuya raíz es la lengua latina y que se utilizaban y aún se utilizan para hablar de alguno de sus aspectos o matices: abstinencia, austeridad, continencia, diligencia, disciplina, industria, integridad, moderación, modestia, parsimonia, simplicidad, sobriedad, temperancia, etc.
La frugalidad no es una especie de avaricia o una forma de tacañería, sino una actitud de desprendimiento frente a los bienes materiales y una particular forma de gestionar la satisfacción de las necesidades materiales que reconoce muy bien qué es necesario y qué no lo es, y que cuida y aprecia las cosas que se han conseguido con trabajo y esfuerzo. La frugalidad era una virtud romana que se ponía en práctica en varias esferas de la vida. Por ejemplo, en el comer, el beber, el vestirse y el entretenerse. El ideal virtuoso del hombre romano era el agricultor que vivía sobriamente de los frutos de su trabajo. En contraposición a este ideal, el hombre de la ciudad se percibía como alguien más proclive al vicio, la depravación, el lujo y la ostentación.
Pero, además, las instituciones romanas promovían la frugalidad en la vida pública: había límites en cuanto a los regalos que las personas acaudaladas podían hacer al pueblo (con lo que se lograba atajar el clientelismo), había límites en la cantidad de tierra que se podía poseer, medidas para evitar la disipación de las fortunas y leyes que limitaban los gastos que alguien pudiera hacer en funerales y banquetes. En suma, estas leyes, llamadas “suntuarias” perseguían restringir la ostentación y la extravagancia.
Hoy en día, cuando hemos internalizado que para aumentar nuestra calidad de vida debemos maximizar nuestro consumo, el principio de frugalidad suena más a un ideal monástico o a un comportamiento “antieconómico” que a una virtud que merece ser cultivada.
Vivimos en sociedades fuertemente materialistas. Comprar es positivo, gastar y malgastar está muy bien y siempre, siempre, es mejor tener más que menos. Promover el aumento del consumo es una muy conocida política de los gobiernos de todas las orientaciones y que la gente tenga o no cubiertas sus necesidades es totalmente indiferente, pues lo importante es que gasten más. Incluso nuestras fiesta religiosa más importante está totalmente cooptada por la ética materialista.
Ahora volvamos a la naturaleza, que a pesar de su abundancia sufre procesos profundos de degradación gracias al uso desmedido que varias generaciones han hecho de todos sus recursos. Hoy en día la situación es tan desesperada que incluso la estabilidad climática y ecosistémica del globo están amenazados.
Una de las muchas cosas que se pueden hacer para evitar la catástrofe es cultivar la frugalidad. La frugalidad no solo significa prescindir de lo que en realidad no se necesita, sino que también implica una actitud de conservación de lo ganado, respeto por la naturaleza que nos sustenta y una revaloración del tiempo precioso que nos ha sido dado: para comprar cosas se necesita dinero, y para tener dinero se necesita trabajar cierta cantidad de tiempo. De modo que al comprar cosas que no necesitamos, lo que en realidad estamos haciendo es cambiar tiempo de nuestras vidas por chucherías.
Frugalitas iterum virtus sit!
¡Que la frugalidad vuelva a ser una virtud!



