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Por: Angélica María Pardo López
angelicamaria30@gmail.com

Como lo prometido es deuda, en este apunte seguiré hablando de conceptos claves de la Economía Azul. El turno ahora es para el “principio de abundancia”, que postula que la Tierra es generosa y que los recursos con los que cuenta son abundantes y alcanzan para que todos los habitantes de esta Casa Común (como la llamaba el difunto papa Francisco, qepd) podamos vivir bien.

Sin embargo, hemos aceptado los paradigmas de la economía clásica, que enseñan que en el mundo no hay abundancia sino escasez y que, partiendo de esa escasez, debemos gestionar los recursos disponibles. Puesto que ignorar la riqueza de la Tierra es difícil, el argumento se completa diciendo que los recursos disponibles, por más abundantes que sean, nunca son suficientes para satisfacer el apetito humano.

Que el carácter innato del ser humano sea egoísta e insaciable es, además de pesimista, muy cuestionable, pero ese no es el tema que quiero tratar hoy; lo que quiero es que por un momento consideremos cómo cambia el mundo si se lo mira a través del prisma de la abundancia. Una de las primeras cosas que podremos ver es que, a pesar de las inmensas  posibilidades técnicas de la sociedad humana, desechamos enormes cantidades de recursos que en realidad tienen mucho valor.

Me puse a investigar cuál es el índice de cosecha (harvest index) de algunos de los productos más cultivados a nivel global y me encontré con datos muy interesantes. El índice de cosecha es la proporción que hay entre el peso de la cosecha de determinado producto (sea grano, fruta, etc.) y el de la biomasa total del cultivo (toda la planta). Por lo general, los índices de cosecha son sorprendentemente bajos.

Para que esto quede claro voy a poner algunos ejemplos.

El arroz tiene un índice de cosecha que se mueve entre el 35% y el 60%. Esto quiere decir que el 65% al 40% de la biomasa producida por la planta no es relevante económicamente para el cultivador de arroz.

En el caso del maíz, el índice de cosecha está entre el 30% y el 50%. Es decir que, como máximo, solo el 50% de la biomasa producida por las matas de maíz interesa económicamente a sus productores. 

Para el algodón, el índice de cosecha está entre 25% y el 40%; para la caña de azúcar entre el 25% y el 35% y para la palma de aceite entre el 20% y el 25%. Ahora bien, la parte “no útil” de las cosechas normalmente se deja pudrir, se incinera o se utiliza de alguna manera que no agrega demasiado valor (por ejemplo, como pienso para ganado). Pero, ¡Cuántas cosas se podrían hacer con esos “desechos”! ¡Cuánta riqueza estamos tirando a la basura!

Con la paja del arroz se podrían hacer tableros de material aglomerado, papel y bioplásticos. Con la cascarilla se podría hacer sílice para la construcción y filtros; con el salvado, cosméticos e incluso productos nutracéuticos; y con los arroces partidos, cervezas y jarabes. En el caso del maíz, del rastrojo, tusa, brácteas y salvado, se podrían generar etanol, plásticos biodegradables, carbón activado, empaques y textiles. ¡Hay mucho potencial para aprovechar aún! Y similares consideraciones se pueden hacer sobre los residuos industriales en los procesos de transformación más comunes.

¿Qué se podría hacer en Colombia?

En nuestro país se podría aprovechar mucho de lo que la industria actualmente considera “residuos”, con tan gran potencial que inclusive sería viable sustituir algunas importaciones. Tomemos el ejemplo de la palma de aceite. En vez de apilar y quemar los raquis vacíos, la fibra, las cáscaras, las frondas y los troncos, se podría fabricar papel, cartón, fibras para empaques y, muy destacable, carbón activado, útil en el proceso de tratamiento y potabilización del agua. Colombia importa más de 12 millones de dólares en carbón activado y más de 154 millones de dólares de papel de fibra celulosa al año.

Otro caso interesante es el de las bebidas cítricas. Con las cáscaras de los limones, naranjas y mandarinas se puede elaborar aceite esencial y se puede extraer pectina, útiles en la fabricación de productos de limpieza, insecticidas, solventes naturales, productos cosméticos y gelificantes. Mientras se botan las cáscaras o se las usa en actividades que agregan poco valor, se importan más de 19 millones de dólares anualmente en aceites esenciales  -de los cuales los aceites cítricos constituyen una parte importante-, y pectina.

Si en lugar de desaprovechar los “residuos” se fabricaran esos productos, se podrían destinar al mercado local y con precios muy competitivos, pues se cortarían los costos del transporte internacional y los aranceles. Además, se generaría empleo y se reducirían las emisiones.

¿Por qué se ignora tanta abundancia? ¿Cómo es posible que industrias tan grandes como la palmicultora o la de las bebidas refrescantes no hayan sabido ver este potencial? ¿Dónde está el Estado y la política pública para articular estos procesos?

Más sobre la economía azul en el próximo apunte filosófico.

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