Por: Inés Ortiz V.
inesor@inorflowers.com
Hace algunos años, la Asociación Colombiana de Exportadores de Flores -Asocolflores, empezó a utilizar el concepto de poder emocional de las flores con fines de mercadeo. Se trata de una noción que se sustenta en una realidad comprobable. Durante la pandemia quedó claro que las flores ayudaban a humanizar y alegrar los espacios, especialmente en los pequeños departamentos europeos. La gente, confinada durante largos periodos, compraba arreglos florales en los supermercados junto con la compra semanal o quincenal de alimentos.
No hay nada más accesible que un arreglo de flores —entre 12 y 15 dólares— capaz de aportar energía positiva a todos los miembros de la familia. No es un producto de consumo individual, como los chocolates o los dulces. Se coloca en la sala, la cocina, el recibidor o el dormitorio; su presencia es discreta, casi invisible, pero profundamente perceptible.
Las flores —y en particular las rosas, que proporcionalmente son el producto principal en los arreglos florales— tienen una capacidad singular para modificar el estado de ánimo. No se trata de una reacción aprendida ni de un gesto de cortesía social: es una respuesta casi inmediata. La presencia de una rosa introduce una pausa, rompe la inercia del día, obliga a mirar. Por eso, cuando se regalan rosas, la reacción suele ser espontánea: la gente sonríe antes de pensar, incluso antes de agradecer. Esa sonrisa aparece también en quienes no suelen exteriorizar emociones. Las rosas desarman, aunque sea por un momento, las defensas habituales. No prometen nada ni exigen reciprocidad: simplemente están, con su forma, su color, su fragancia contenida. En ese sentido, operan como un lenguaje primario, anterior a las palabras, que comunica cuidado, presencia y reconocimiento.
Tal vez ahí radique su poder: en que no apelan a lo racional, sino a una memoria más profunda. La rosa activa asociaciones ligadas al afecto, al vínculo, a la belleza entendida no como lujo ni como exceso, sino como una necesidad humana elemental. Su belleza es la belleza de lo simple: no se impone ni distrae, sino que acompaña. Está hecha de proporción, de equilibrio, de una forma que parece inevitable, como si no pudiera ser de otro modo.
Esa sencillez es, precisamente, lo que la vuelve universal. La rosa no pertenece a una clase social, ni a una moda, ni a una época. No requiere contexto ni traducción. Puede estar en una mesa humilde o en un gran salón; puede acompañar una celebración o irrumpir en medio de la rutina más dura; puede llegar envuelta con cuidado o entregarse a mano desnuda. En todos los casos, produce un efecto similar: humaniza el momento y ofrece algo esencial, la experiencia de la belleza en su forma más directa.
En un mundo saturado de estímulos y de objetos diseñados para llamar la atención y desaparecer rápido, la rosa opera de otra manera. No compite con el ruido: lo suspende. Su presencia introduce una respiración distinta, una pausa que aligera el momento sin añadirle peso. No transforma la realidad, pero la vuelve habitable. En ese gesto mínimo —una flor, una forma, un color— se condensa algo que la humanidad reconoce desde siempre: que incluso en los días más ásperos, la belleza sigue siendo necesaria.
Ese poder no es espectacular ni ruidoso. Es discreto y persistente. No altera los hechos, pero modifica la experiencia de quien los atraviesa. Y en tiempos de tensión, de encierro o de incertidumbre, ese gesto mínimo —una rosa entregada, una sonrisa provocada— adquiere un valor que va mucho más allá de lo ornamental.
Las exportaciones de flores desde Ecuador y Colombia durante la pandemia se vieron afectadas solo de manera limitada. El golpe inicial estuvo relacionado con la interrupción de la cadena logística; sin embargo, hacia la cuarta o quinta semana comenzaron a restablecerse paulatinamente los flujos, no solo de vuelos internacionales, sino también las cadenas de distribución en los países de destino. Podemos afirmar que fuimos uno de los sectores productivos menos afectados por los estragos de la pandemia.
No dejamos de trabajar. Al inicio circulábamos con salvoconductos por carreteras casi desiertas. El trabajo telemático funcionó para las áreas administrativas y de ventas, pero quienes estamos ligados directamente al trabajo de campo tuvimos que mantener la presencialidad. No se puede dejar de fertilizar, fumigar, cuidar, cosechar ni podar los rosales y otras plantas: requieren de la mano humana. A diferencia de los invernaderos europeos, con control automático de temperatura y cultivos hidropónicos, en América Latina se trata de un trabajo intensivo en mano de obra. Abrimos y cerramos cortinas para ventilar o protegernos del viento; regamos manualmente cuando hay subidas abruptas de temperatura o, por el contrario, cuando estas descienden. Puede ocurrir que, en un solo día, haya que abrir y cerrar las cortinas de los invernaderos varias veces.
Sostengo que las plantas, como seres vivos, perciben la energía de quienes las cuidan. No en un sentido abstracto o místico, sino en una dimensión concreta del trabajo cotidiano: el ritmo, la atención, la forma de intervenir. En las fincas florícolas, con una participación femenina de entre el 50 % y el 52 % de la fuerza laboral, lo esencial no es quién realiza la tarea, sino la manera en que se sostiene el cuidado dentro de un sistema productivo exigente.
Esa energía, que solemos llamar femenina, no pertenece exclusivamente a las mujeres. Se expresa como una forma de relacionarse con los seres vivos dentro de marcos estrictos de rendimiento, con metas, cronogramas y estándares de calidad claramente definidos. No supone ausencia de presión ni de tiempos, sino otra manera de ejecutar el trabajo: observar antes de intervenir, leer la respuesta de la planta, ajustar el manejo sin violencia innecesaria. También hay hombres que trabajan las plantas desde esa disposición, y cuando lo hacen, los resultados son visibles.
En el trabajo diario se aprende a distinguir plantas “contentas” o “tristes”. No como una metáfora ingenua, sino como una percepción que nace de la convivencia cotidiana: del color, del vigor, de la forma en que la planta responde al cuidado. Las plantas reaccionan mejor al trato atento que al gesto brusco, a la constancia serena más que a la presión impaciente. En ese intercambio silencioso, reciben no solo agua, nutrientes o manejo, sino también el estado anímico de quienes las cuidan: nuestras preocupaciones, nuestra prisa o, por el contrario, nuestra calma, nuestra concentración y, a veces, incluso nuestra alegría.
Por eso, el cultivo de flores exige algo más que conocimiento técnico: requiere una energía de acompañamiento capaz de sostener la productividad sin romper el equilibrio del proceso. En ese sentido, lo femenino —entendido como principio de cuidado, atención al detalle y responsabilidad sostenida— se vuelve central, más allá de quién lo encarne. Y quizá por eso, al final del ciclo, las flores conservan algo de quienes las cuidaron: no solo forma, color y calibre, sino una carga emocional que otros perciben, aunque no siempre sepan explicarla.
Regalar flores siempre tiene una carga emocional. Las rosas están ligadas al afecto, al amor, a la reconciliación, al coqueteo, a la belleza en su forma más simple y directa. No necesitan artificios: lucen por su colorido, por su forma, por su armonía.
Mencioné la pandemia porque fue un punto de quiebre para la humanidad. Me atrevo a afirmar que fue allí cuando comenzaron muchos de los cambios profundos del mundo que hoy conocemos. Otro momento —que me afecta directamente— es la guerra ruso-ucraniana, que no se circunscribe a esos dos países, sino que tiene una repercusión global. Desde febrero de 2022, ese conflicto ha transformado el panorama mundial y las economías; aun así, no hemos dejado de exportar, producir y vender flores. Uno de mis mercados importantes es el ucraniano. La guerra coincidió con los despachos de fechas festivas del Día de la Mujer hacia Ucrania y Rusia. Parte de la carga no pudo llegar a destino y se quedó en Holanda; algo se pudo desviar, otra parte no. Algunos clientes no pudieron pagar, otros se aprovecharon de la situación y otros continuaron trabajando.
El impacto inicial fue de paralización total: en marzo no se exportó. A partir de abril, los volúmenes comenzaron a recuperarse de forma paulatina. Los despachos a Rusia se retomaron una vez que se encontraron mecanismos para transferir dinero; las sanciones impuestas afectaron y siguen complicando el tema de los pagos.
Las flores no forman parte de la canasta de supervivencia; en términos estrictamente conceptuales, se puede prescindir de ellas. Sin embargo, la realidad ha demostrado que incluso los países directamente involucrados en el conflicto siguen comprando y comercializando flores. Cierta lectura predominante de los hechos transmite una imagen distorsionada de la realidad. Según esta, Ucrania sería un campo totalmente devastado por los ataques contra la población civil, especialmente al inicio del conflicto: Bucha y otros episodios ampliamente difundidos.
Es innegable que algunos actores salieron del mercado y que quienes permanecieron se fortalecieron. Los volúmenes de importación han disminuido. En Ucrania, por increíble que parezca, las empresas locales han continuado produciendo rosas y otros productos; además, se siguen comprando tulipanes de Polonia y rosas de Kenia y de otros países.
Me angustian y me preocupan las noticias: el recrudecimiento de los combates, la falta de energía, de agua y de calefacción en algunas ciudades ucranianas. A veces pareciera que la situación es invivible. Después de cada bombardeo a infraestructuras energéticas estratégicas, despierto pensando que los clientes cancelarán los despachos. Hasta ahora, no ha ocurrido.
Influenciada por el relato predominante en los medios occidentales, pensé que no habría un aumento de volúmenes para la celebración de San Valentín; me equivoqué. La oferta mínima que propuse resultó insuficiente. Una vez más se confirma que el panorama no es exactamente como lo presentan esos relatos. No niego la complejidad ni la dureza de la situación, pero resulta evidente que la información circula filtrada y seleccionada, construyendo una percepción homogénea que no siempre refleja la diversidad de realidades que conviven en el país. Mientras un sector vinculado al poder y a la economía de guerra continúa operando en condiciones cercanas a la normalidad, miles de ucranianos son obligados a ir al combate y a vivir una experiencia radicalmente distinta. Esa fractura rara vez aparece en los discursos más difundidos, pero existe y marca de manera profunda la vida cotidiana y las decisiones de quienes permanecen.
A Ucrania no solo me une el negocio, sino también los afectos. Desde 2006 he visitado ese país casi cada año; conozco tanto la parte oriental como la occidental. Los años de trabajo generan amistades: ves crecer a los hijos, eres testigo del paso del tiempo, de los cambios —o del deterioro— de las ciudades. No debería haber guerras, pero existen. Es una realidad persistente, sostenida por razones que rara vez se presentan de forma simple.
Este preámbulo sirve para señalar lo difícil que resulta entender cómo se sigue vendiendo flores a pesar de la falta de energía, que es un problema real. Funcionan muchos generadores, pero no todos tienen los recursos para acceder a ellos. Aun así, la gente trata de hacer su vida. Y es aquí donde entra en juego el poder emocional de las flores.
En un país con una fuerte cultura de consumo floral —herencia y parte de raíces comunes con Rusia—, un bouquet cumple hoy la función de antídoto. Al regalar flores se ofrecen pequeñas alegrías a las personas queridas, porque no se sabe si habrá un mañana. Es impresionante su impacto: felicidad y emociones desbordadas; por instantes, uno se abstrae de la realidad, de la falta de luz, del agua en algunos casos, de los radiadores fríos. Una orquídea en maceta, en cambio, no sobreviviría.
Tal vez por eso, aun en los contextos más adversos, las flores encuentran la manera de estar. No resuelven la incertidumbre ni detienen el dolor, pero acompañan. En su fragilidad está su fuerza: recuerdan, sin palabras, que la vida insiste. Ese es, en última instancia, el poder emocional de las flores.



