Por: Angélica María Pardo López
angelicamaria30@gmail.com
Para retomar la serie de la Economía Azul, esta vez quiero contar el caso de El Hierro, una de las Islas Canarias, que tuve la oportunidad de visitar recientemente.
El Hierro es una isla muy pequeña, alejada y con características muy peculiares: no tiene agua, está expuesta a fuertes vientos y tiene una geografía agreste y escarpada. No tiene riqueza minera y es muy poco atractiva como destino turístico. En términos convencionales, se podría decir que El Hierro es bastante “pobre” en recursos.
De hecho, hace algo más de 25 años la isla era inviable económicamente y sus habitantes la estaban abandonando para buscar oportunidades en otros lugares. Hoy en día la situación es muy diferente, pues el Hierro es autosuficiente en energía y agua y tiene una economía agrícola fuerte. Cuenta con cultivos de vid, banano, piña, higo y almendras, entre otros. Tiene además ganado ovino, caprino y pesca abundante.
¿Cómo lo lograron? Trabajando con los recursos que tenían disponibles y convirtiendo los problemas en oportunidades.
Empecemos por el tema del agua y la energía. Puesto que El Hierro no tiene fuentes hídricas, el suministro se hace a partir de la desalinización del agua del mar, un proceso caro que antaño se lograba a partir de la quema de combustibles fósiles que debían ser importados a la isla, tanto para este fin como para el consumo de electricidad de hogares y fábricas.
Los isleños ya habían considerado utilizar el poder del viento para la generación de energía, pero la inestabilidad de este recurso hacía inviable el proyecto. Fue entonces cuando un grupo liderado por el agrónomo Javier Morales pensó que debía haber alguna forma de almacenar la energía eólica. A la solución que llegaron fue a la siguiente: la planta desalinizadora (cercana a la costa) debería funcionar con energía eólica. El agua potabilizada de esta forma debería ser bombeada, también con energía eólica, a una represa construida a altura, donde quedaría almacenada. Cuando la energía del viento no alcanzara, se liberaría agua de la represa, que caería por simple gravedad y activaría ciertas turbinas que generarían energía hidroeléctrica que supliría el déficit energético para la operación de desalinización y bombeado. De modo pues que empezaron a almacenar energía eólica en forma de agua.
Así nació la primera planta hidroeólica del mundo, que no solo solucionó el problema del agua sino que también produjo y sigue produciendo energía suficiente para el consumo de electricidad de toda la isla sin generar emisiones. Aunque la inversión fue grande, redundó en tanto beneficio para la isla que se pagó en solo tres años (en lugar de los 15 que se habían presupuestado inicialmente). Hoy en día está en marcha el plan de sustituir todos los carros del Hierro por vehículos eléctricos que se carguen con la energía que se genera en la misma isla, para lo cual una gran parte de la infraestructura ya está lista.
En cuanto a la reactivación de la parte agrícola, vale la pena mencionar al menos dos casos: la vid y la pesca.
El Hierro producía uvas que exportaba y, a su vez, importaba vino para el consumo interno. Como es natural, la uva se vendía barata y el vino se compraba caro. En algún momento, la vid dejó de ser rentable y estuvo cerca de desaparecer. El plan: organizar a los productores de uva (todos eran pequeños productores) en una cooperativa que fuera capaz de producir y embotellar vino localmente. Ahora el Hierro cuenta con una flamante producción de vino premium con denominación de origen que resuelve tanto el problema de los productores de uva como el de los consumidores de vino.
La pesca era otro de los puntos críticos, pues se fue haciendo cada vez más escasa. No obstante, los pescadores no podían dejar de trabajar, pues perderían su sustento. Para solucionarlo, se les convenció de restringir la zona de pesca y de ejecutar su actividad de forma selectiva. Empezaron a pescar con palangre en vez de red, con lo que podían devolver al mar las hembras atrapadas. Con el tiempo, la pesca volvió a abundar y las costas herreñas fueron repobladas no solo por especies aptas para el consumo humano, sino también por otro tipo de flora y fauna marinas que han convertido al Hierro en un lugar muy interesante para el buceo y la observación.
Adaptaciones similares se han aplicado en la ganadería y el cultivo de banano, por ejemplo, creando múltiples empleos y generando copiosos beneficios para la isla y el fortalecimiento de su economía y entorno. Pero al margen del éxito de cada uno de estos proyectos, es importante resaltar lo que tienen en común: trabajar con lo que se tiene, con la naturaleza y no en contra de ella y, sobre todo, cambiando de perspectiva: donde otros ven escasez, se puede encontrar abundancia.

Al principio del artículo decíamos que El Hierro podría ser vista como una isla pobre. Sin embargo, cuando uno camina por sus senderos no ve escasez sino, muy por el contrario, abundancia: multiplicidad de pájaros y animales salvajes, árboles fuertes y frondosos; una vegetación tenaz compuesta por bellas flores y arbustos que han logrado crecer y prosperar en este medio difícil.
Los pueblos y la capital, Valverde, son lugares vivos, cuidados, con maravillosas ofertas gastronómicas y culturales. Hay proyectos en marcha (como la construcción de una enorme ciclorruta) y se ve gente de todas las edades ocupada en variados quehaceres (la isla ha ganado población significativamente). En suma, El Hierro es todo menos el lugar desértico y fantasmal que uno creería dadas las condiciones. Lo mejor de todo: es un experimento replicable. Si tanto se ha podido hacer en El Hierro, ¿se imagina lo que se podría hacer en tantos otros lugares del mundo?
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