Por: Angélica María Pardo López
angelicamaria30@angelica
Antes de continuar con la serie de apuntes sobre la economía azul, de la que aún queda mucho por hablar, permítaseme proseguir con la digresión sobre las virtudes romanas que bien haríamos en cultivar hoy en día.
En el pasado apunte filosófico hablamos del principio de frugalidad (frugalitas) como una actitud que se manifiesta en múltiples esferas de la vida y que implica cuidado y conservación de lo adquirido, respeto por el ambiente que nos sustenta, revaloración del tiempo y una mirada crítica a la promesa de bienestar a través del aumento del consumo.
En esta ocasión quiero hablar del principio de diligencia (diligentia) al que tan frecuentemente aludían los romanos en sus opiniones jurídicas. La diligencia es un estándar de conducta que ayuda a determinar cuándo algo se ha hecho con el cuidado, esmero y solicitud necesarios. Y ¿cómo saber si se ha actuado, en cada caso, con la diligencia debida? Para los romanos, este estándar de conducta se materializaba en el buen padre de familia (bonus paterfamilias). Lo mínimo esperable de cualquiera, tanto en sus negocios privados como en los asuntos públicos, era que se comportara como lo haría, puesto en la misma situación, un buen padre de familia. En caso contrario, cabía culpa y, por lo tanto, responsabilidad. Algunos ejemplos de los clásicos sobre este estándar de conducta son: la diligencia que se debe tener en la administración de los bienes de los pupilos; lo cuidadosa que debe ser la elección de la persona a la que se entrega algo en depósito o con quién se hace sociedad; incluso, el lugar en que el barbero pone la silla donde atiende a sus clientes (si la pusiera en lugar peligroso o desnivelado y algo desafortunado sucediera, le cabría por ello culpa).
Pero más allá del alcance jurídico de este principio, quiero llamar la atención sobre el valor moral y práctico que tiene el hacer las cosas bien, una frase que recoge quizá de manera más simple el concepto de diligencia.
El valor moral de hacer las cosas bien radica en la satisfacción y orgullo que genera, por pequeña, cotidiana o modesta que sea la tarea, haberla ejecutado con atención y celo. Piense, por ejemplo, en la satisfacción que genera el tender bien la cama, hacer un desayuno apetitoso y nutritivo, dejar bien lavados los platos, escribir bella y correctamente ese email que tenemos que enviar, entender cada una de las palabras de ese párrafo que tenemos que leer, atender con amabilidad y solicitud a esa persona con la que hoy debemos hablar, llevar a cabo las reuniones de forma constructiva y productiva… y todas las demás tareas, actividades y trabajos que nos ocupan día a día. Todo, absolutamente todo, se puede hacer bien hecho, con diligencia; y hacerlo así produce felicidad y confianza en el trabajo que uno ha hecho.
Pero, además, hacer las cosas bien tiene un valor práctico, una utilidad para nosotros mismos y para la sociedad en que vivimos. Cuando se actúa con diligencia se evita la repetición y, sobre todo, se evita incurrir en errores que pueden ser muy costosos o, incluso, irreparables.
Casos nacionales como el del puente de Chirajara en la Autopista al Llano (que en 2018 se desplomó por errores en el diseño), el del edificio Space en Medellín (que en 2013 colapsó por fallas estructurales); e internacionales como el de los trenes que la empresa española Renfe compró en 2020 y que no cabían en los túneles, o el de los trenes que en 2023 se chocaron en el Valle del Tempe (Tesalia, Grecia) -uno de pasajeros y otro de carga- por no haber sido direccionados correctamente por los responsables, son todos perfectos ejemplos de lo que puede ocurrir cuando no actuamos con diligencia. Si, en cada caso, los implicados hubieran tenido mayor esmero en su trabajo, muy probablemente todos esos desafortunados hechos no hubieran ocurrido.
Ahora bien, ¿qué tiene todo esto que ver con lavar bien los platos y escribir bien un email? ¿Qué tienen que ver los trenes que no cabían en los túneles con un buen paterfamilias? Pues la relación es total, porque la diligencia y, por oposición, la mediocridad y la pereza, no son respuestas aisladas a casos particulares sino patrones de comportamiento que se consolidan poco a poco. Esas personas que no se preocuparon por que el diseño y los materiales de la estructura del edificio Space soportara su peso, esas personas que no verificaron el tamaño de los trenes antes de hacer la compra, y esas personas que no se aseguraron – en el caso de los trenes del Valle del Tempe – de que los trenes fueran encarrilados en la dirección correcta, son las mismas personas que por la mañana no tienden bien la cama, que no lavan bien los platos, que no escriben correctamente un email y que, en fin, están acostumbradas a hacer todo a prisa y a medias.
Cultivar la diligencia, actuar como lo haría un buen padre de familia, es tan importante hoy como lo ha sido siempre.



